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Originaria de la India, crece también en el norte de Africa y en zonas del sur de Europa. El término aloe deriva probablemente de un vocablo griego que significa mar, quizás aludiendo a que la planta, en su estado natural, gusta de la cercanía del mismo. Otros dicen que deriva del árabe (olloech o alua) o del hebreo (halat), vocablos que hacen referencia al sabor amargo. Se dice que embalsamaron el cuerpo de Cristo con aloe.
El aloe se introdujo en las Antillas en el siglo XVII, donde fue famoso el aloe de Curaçao, hoy prácticamente desaparecido.
El acíbar a bajas dosis (10-60 mg/día), es tónico digestivo, colagogo. En dosis medias (100 mg/día) producen un efecto laxante. A dosis mayores (200 mg/día), purgante. Los derivados hidroxiantracénicos se transforman en el intestino en aloe-emodín antrona, que produce una acción irritante sobre las terminaciones nerviosas de la membrana intestinal, que comporta un incremento en la secreción mucosa y un aumento del peristaltismo, junto con una inhibición de la reabsorción de agua y electrolitos, especialmente potasio.
Pulpa: Los mucílagos le confieren una acción demulcente.
El acíbar es indicado para estreñimiento ocasional, limpieza intestinal previa a exploraciones o a intervenciones quirúrgicas, disquinesia hepatobiliar. El parénquima: Eczemas secos, escoceduras e irritaciones cutáneas, quemaduras, acné, heridas y úlceras tróficas, psoriasis, gastritis, úlceras gastroduodenales, síndrome del intestino irritable, blefaritis, conjuntivitis.
El acíbar está contraindicado con el embarazo, lactancia, niños menores de diez años. Dolor abdominal de origen desconocido, abdomen agudo, obstrucción de las vías biliares, hemorroides, cistitis, prostatitis, enfermedad de Crohn, colitis ulcerosa, síndrome del intestino irritable, insuficiencia cardíaca o renal. Su uso continuado es incompatible con los heterósidos cardiotónicos, corticosteroides, extractos de regaliz o saluréticos. Cólicos gastrointestinales. El jugo fresco de las hojas puede causar dermatitis de contacto, no así el del parénquima desprovisto de la piel.
Uso exclusivo por prescripción y bajo control médico. No sobrepasar la dosis máxima de 500 mg/día. No prolongar el tratamiento más de una o dos semanas. Tanto el acíbar como la aloína o barbaloína, a dosis extraterapéuticas, pueden producir un intenso efecto emetocatártico, con diarreas sanguinolentas, dolores cólicos intestinales, vómitos, hipotermia, albuminuria, convulsiones y colapso. Sin embargo, el mayor peligro de los laxantes irritantes radica en la automedicación y en el uso (abuso) crónico: tomados de forma continuada produce una pérdida de electrolitos que altera el equilibrio sodio-potasio.
La depleción de potasio produce finalmente una parálisis de la musculatura intestinal, que comporta una pérdida de efectividad laxante y el estreñimiento se perpetúa, lo que obliga a aumentar paulatinamente la dosis, originando a largo plazo daños irreversibles sobre la membrana y la musculatura intestinal, con aparición de tenesmo, deposiciones con abundante mucosidad y coloración oscura de la mucosa intestinal (pseudomelanosis rectocólica). La hipocaliemia potencia la acción de los heterósidos cardiotónicos e interfiere la acción de los antiarrítmicos, como la quinidina.
La toma simultánea de diuréticos tiazídicos, corticosteroides o extracto de regaliz pueden agravar el desquilibrio electrolítico. Los derivados antraquinónicos pueden tener un efecto genotóxico, especialmente peligroso durante el primer trimestre del embarazo. Además se ha descrito un posible efecto oxitócico. El uso crónico también puede provocar albuminuria y hematuria.
Se usan el acíbar (zumo obtenido por incisión de las hojas, condensado y desecado) y la fracción mucilaginosa del parénquima o pulpa de las hojas (desprovista de la parte externa de las hojas) de la variedad vera y ferox. También se usan sus híbridos.
Jugo del parénquima: 50-100 gotas, una a tres veces al día.
Pulpa fresca, gel o extracto glicerinado, aplicado tópicamente.
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